Tengo miedo que el frío me vea desnuda, me pongo el bra abajo del suéter, el jeans sobre el pantalón de pijama. Tengo miedo que el frío me toque y sepa como estoy, y me dibujo y redibujo la cara, esperando no se empiece a quebrar como suele. Y los dientes, que se pudran en sus posiciones perfectas, que se manchen y mueran, que le sonría al mundo un tétrico orden exacto, medido y programado.
No puedo evitar temer que me conozca, completa y fría, como él. No puedo evitar pensarlo ancestral y hambriento; ansioso por envolverme con sus agradables garras y conquistarme (llevarme consigo). Pero siempre que me lleva vuelvo, y me agrada cada vez menos lo que encuentro. Me pongo tímida, me acerco a las paredes y me cubro con prendas inútiles. Pero el frío me sepulta estirando un solo dedo, corriendo un tonto mechón de pelo. Me abraza y me lleva despacio al borde del colchón, donde tropiezo en cámara lenta y me pierdo del mundo (estirando pies y manos en perfecto balance).
Maldito sea el frío, me digo, mientras sigo con eso de vencerlo con la mente, imaginando más abrigo y contando despacio. ¡Mierda!, que funciona (y pierde el efecto).
El frío estira largos los dedos, me cubre de cintura a hombro intermitente, alcanzando con sus largas uñas la clavícula (lo noto), la corta con un roce. Es difícil contar en línea recta, y sigo fija en mantener inmóvil el cuerpo. Enumero paredes, muebles, cosas por el piso... (pelos de la gata). Enumero y sigo enumerando; a mi ahí tirada, mis partes, las partes de la cama, las cosas colgadas. Hasta que finalmente hay una idea de las que voy lanzando que no se impone (finalmente me olvido del frío), se queda quieta a un lado y me lleva a la puerta (la abre).
A veces funciona y tengo todo el control, a veces solamente es conciencia. Pero hay las contadas veces que entro con la bota izquierda, y soy yo completa. Despierto confundida y de un breve susto, contenta sin descansar. Esas son las noches en las que me muevo, casi viva, casi humana.
Y ahora que lo describo pienso en el motivo, lo que me impulsa. Pero ¿quién, sabiendo que el frío acecha, lo dejaría estar en control? Me levanto añorando la hora, a por un vaso de agua que me traiga a tierra, contando los pasos como segundos menos para perderme del mundo (estirando pies y manos en perfecto balance) e intentarlo de nuevo.
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Decime que vendés y te digo cuanto te pago.