Charlábamos todo el tiempo, en el aparato del demonio, en la ventana pispileante en el trabajo, incluso a veces los fines de semana escuchaba su voz; y siempre me dejaba la misma impresión: la imperiosa gana de vernos y la imposibilidad de hacerlo.
Muchas veces me pregunté cómo hacía ella para lidiar con la soledad, con el frío, con las cenas frente a una pantalla. Quizás no le afectaba tanto como a mi (quizás a la gente en general no le afecta tanto como a mi). Siempre me gustó arrastrarme al punto del ridículo y tirarme para abajo, por hipersensible, por histérica, por nena llorona, por lo que fuere.
Pero esa tarde me sorprendió, tras decirme que sí había hablado con él, que le habían ofrecido alquilar un cuarto, que al día siguiente decidía qué hacer. Me sorprendió más por el tono que leí que por lo que me decía; esa firmeza de sus palabras ya me era familiar. Quería lanzar el discurso de aliento preparado para los amigos, ese que escupo cuando se me llena de tibieza el pecho y no puedo estirar los brazos para envolver a quien lo necesite. Quería hacerle saber que siempre salen las cosas bien, que pase lo que pase, siempre se encuentra una manera (pero fue ella quien me enseñó eso).
No guardé silencio, pero tampoco escupí el discurso. No era necesario decirle cosas que ella tenía tan en claro, mucho menos recordarle que en mi siempre va a contar con todo el amor, o con todo el apoyo. El papel de madre no me pertenece, ella no es mi hermana, ni mi amiga (miento, si lo es, pero antes hay otro rol que cumplir). El papel de recordar que todo va a estar bien me es ajeno. Creo haberle mencionado a dios, cariño y que de toda experiencia se aprende, claro, no podía simplemente pintarle una sonrisa y dejarlo ahí.
En esos días la condena aún era nueva y todo estaba girando, con vientos frescos y noches frías. Ella por su lado se cocinaba (como suele hacerlo) estando sumergida en el futuro. Las charlas solían ser eso (eso y la familia, claro). Momentos de ocio compartidos y cortas zambullidas a instantes mágicos.
Fue tras una charla breve y entrecortada en la pantalla (pedazos de ocio compartido) cuando finalmente me sentí plenamente comprendida por ella. Por primera vez desde que recuerdo, ella plenamente comprendía a mi persona (a pesar de no entenderla) y la aceptaba y quería como tal. Sí, si, ya sé. Pero hablo de querer en presente. Y no pude resistir el lagrimón, rodeada de otros seres sumergidos en pantallas, con charlas y música de diferentes mundos paralelos. No habían pasado dos horas de eso cuando atrás mío una voz preguntó sobre la foto, confirmando que siempre están observando.
No, la condena no era el lugar indicado para esa alegría inexplicable, esa alegría agazapada dentro de la tibieza oscura que rodea los días. Ese cariño infinito, nexo inoportunamente impuesto y con mucho encanto conservado. Claro, decirle la haría añicos; tantas veces la vi intentar comprenderme de esa manera y quedarse confundida flotando en el espacio. No, decirle no era posible, pero me prometí a mi misma hacer un mayor esfuerzo por ella. Quizás estar mas presente, quizás mejor.
Pero después de todo, hasta entonces no había compartido mucho por miedo a herirla (ella fue siempre tan sensible, tan expuesta). Si el plan funcionaba, si lograba darme cuerda debidamente y andar a impulso propio, si todo iba bien (como ella misma decía, siempre hay una forma) tendría mejores momentos para compartir, estaría un poco mas viva, un poco mas cerca.
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Decime que vendés y te digo cuanto te pago.