14/5/13

Observarla en lunes

Siente el pulso en la espalda que le recuerda que ha llegado el final del día, de un día tan productivo como el anterior; del cuarto o quinto día de una secuencia de días que no tendrán propósito o causa. De la vuelta a moverse a base de la inercia que le empuja. A dejarse marcar los inicios y finales del día por el pulso en la espalda, el dolor en la cintura, el temblor en los codos y las manos.
Siente el pulso en la espalda y casi logra esbozar una sonrisa, pensando que ha sobrevivido a otro día y que ya puede desvanecerse al semi-sueño del colchón en el piso.

Estira la espalda, la truena girando a los costados y estira los brazos. Se felicita por haber sobrevivido; el no haber hecho nada nuez motivo para lamentarse. Como si no tuviese suficiente peso, como si no estuviese tarde en todas las materias y poco responsable en el trabajo. El día ha terminado, el lunes ha terminado.
Hubo una época en que los lunes eran una cosa fantástica, llena de luces y (contrario a la creencia del resto del universo) llenos de energía. Claro, también hubo una época en que había motivos para despegarse de las sábanas, para saltar a la ducha y cepillar los dientes. Ahora eso vuelve a ser puro protocolo, la base necesaria para sobrevivir en lo que le espera afuera. Para comprarle comida a la hermosa cosa peluda con quien comparte compañía y sitio donde estar cuando decide ir por debajo de su mediocridad y esconderse inútil.

Ya se levanta de la mesa, habiendo doblado y guardado la nueva carta a no entregar. Se pregunta cuanto tiempo tomará la tinta en desvanecerse, cuantas de las cartas que guarda habrán perdido sus palabras a este punto. Se pregunta si a los que les escribe sabrán en alguna parte de su inconsciente que les ha escrito, que guarda noches enteras de diálogos en una caja cubierta con imágenes y cosas curiosas. Se pregunta si es mala idea preguntarse por este medio por esas muy bajas probabilidades de aún ser observada por algún dueño de carta guardada. No se pregunta más, va y sirve la cena de la preciosa cosa peluda que no detiene su maullido hasta llenarse la boca de crujiente comida en el frío suelo de la cocina. Inmediatamente lava los platos de la cena, con la presión asquerosa que se ha impuesto de mantener el estado en algo que no sea contraproducente.

Dos noches antes conversaba con un ser de otro plano sobre política. Claro, porque la pregunta iba enfocada a una respuesta puramente política. Preguntó con temor, si bajo la idea que aquel que llegado a determinada edad deja de ser productivo para la sociedad y simplemente consume, debe dejarse morir; aquel que aún en edad productiva, pero siendo principalmente un gasto (entiéndase que no produce o que produce poco) deber seguir el mismo curso o buscar incansable una forma de producir un mínimo. Claro, así como no obtener respuesta política.
Terminar teniendo la idea del siglo, irnos todos los locos a un manicomio en el campo, en el que ponemos la fuerza física a buen uso, producimos lo que consumimos y generamos algo para el común.
Ahora mientras se mira en el espejo piensa en la conversación. Cepilla cuidadosamente mientras pasa de la divertida plática a la idea de no generar ningún bien a quienes le rodean, a verse como un ser no productivo, un desperdicio de espacio. Llega a verse como la masa deforme que veo, que se cepilla los dientes lamentando haber sobrevivido lo suficiente como para conocerme.
Resulta difícil no llegar a dichas nociones mientras se mira al espejo. Escupe. Resulta difícil no llegar a dichas nociones conviviendo consigo, se dice. Enjuaga y escupe. Se dirige a la sala y empieza a mover los libros, a preparar las clases para el trabajo el día siguiente.

Desde el balcón puedo ver su tristeza, la arrastra como cobija esperando le abrigue lo que yo no puedo. El balcón está abierto lo suficiente para que yo entre y salga, no más. Y por ese hueco le veo ir y venir pesadamente, buscando en cada esquina un lapicero o un pañuelo, como si eso fuese a devolverle la esperanza perdida en sí y en el resto. Un suave viento sopla a esta altura en el balcón mientras le veo pasar una vez más en pijama, decidiéndome a seguirle para hacerle compañía por la noche.
Entro al cuarto adelantandome por poco. Cierra la puerta y se desploma sobre el colchón, entregándose al sentimiento de derrota y la decepción que el lunes le ha provocado.
Yo observo desde su costado, esperando se acomode para finalmente hacerle compañía. Me trepo cuidadosamente sobre sus piernas y me acomodo buscando no molestar, pero hacerle saber mi presencia. Entonces escucho un chillido extraño que emite, junto a un vibrar inconstante y el líquido filtrándose de sus ojos. De nuevo temo que eso conlleve a la ceguera y me acerco a olerle el rostro.
Huele a profundo sufrimiento, pero no veo sangre. Las heridas que tiene parecen estar cicatrizando y entonces no temo más. Me acomodo de nuevo y vibro para que reconozca mi presencia, para que no se deje consumir completamente por el dolor que le ahoga. Vibro hasta que le siento dormir y entonces cierro los ojos, deseando que no me despierte al incorporarse las respectivas veces por noche, buscando con desconsuelo alguna señal en el aparato de que no todo esta perdido.
Pero aún si se despierta y busca, nada habrá cambiado. No ansío el martes que viene, no ansío la semana entera. Ni los días en que esté arrastrándose por los cuartos en busca de alguna mancha nueva, ni los días en que no esté por huirle a la realidad que compartimos. Pero es quien me cuida y me alimenta, y a cambio le debo esto: ser la única compañía capaz de soportarle.

0 compradores:

Publicar un comentario

Decime que vendés y te digo cuanto te pago.