21/4/13

Sueños ajenos (3)

No podía creerlo, estaba seguro de haber doblado en esa esquina y justo frente a la puerta de lámina verde, cruzando la calle: el bar. Pero el terreno parecía tener años de abandono, se veía grafiteado y olvidado, se veía infame, olía a orines y la acera frente a sí era una cosa de cemento con parches de tierra. Se sentó al borde, pies en la cuneta y mente por la alcantarilla; e intentó recordar algún otro detalle de lo que les había rodeado aquella noche, pero según iba recordando iba enumerando entre sombras.
"Se cansó de ser refugio y se convirtió en personificación del abandono" se dijo por lo bajo, intentando creer en la posibilidad de esa característica fantástica de ir y venir cual animal con patas. Encendió el primer cigarro de la cajetilla, dudando de porqué había llegado en primer lugar (solo y sin plata, no había mucho que hacer en un bar, menos en un bar imaginario). Sopló la brasa con la primera calada y se dejó recorrer por la brisa.
La noche estaba pálida, la luna tres cuartos creciente y el aire suspiraba primavera a mitad de abril. En la esquina, una lucesita roja bailaba al compás de una mano; respirando profundo dibujó por dos milésimas un rostro (una nariz y un par de cuencas) y continuó su danza. Entre goterones de luna y autos en las paralelas, logró distinguir una silueta apoyada contra la pared. Por el ritmo con el que respiraba la luz, sería un ser ansioso, alguna criatura de mares lejanos, estancada en esa esquina esperando un paladín o un hechicero para partir a una de esas aventuras maravillosas de las que la gente no se entera.
Enrique observó como terminaba el cigarrillo, luego al ver desaparecer la luz que respiraba y con ella el rastro de la figura, siguió con la vista una hoja que caía que lo llevó cruzando mares y bosques y lo perdió en algún invierno en medio de la selva negra. Y lo dejó ahí, soñando con historias llenas de magia y momentos imposibles.
El cigarro en su mano se transformó en ceniza, eventualmente lanzándose al vacío a convertirse en parte de la noche. De la esquina donde se había escondido la silueta, las sombras se torcieron para permitirle el escape, acercarla hacia el cuerpo encorvado que paseaba lejos y con frío pensando en un bar que no existía. La silueta nadó fuera de los puntos alcanzables por la vista, dejando a Enrique solo en la cuadra, con su bosque de otros tiempos y su colilla enroscada entre los dedos. Se materializó surgiendo de la sombra del árbol más cercano, estirando sus largas y delgadas piernas suavemente, cual sirena que toca el piano; y aclaró la garganta entre risas, llamando al joven desconocido a la realidad donde se había convertido en una chica alta y delgada, de rasgos finos y cabellos largos, lacios y rojizos. Le regaló una sonrisa tímida, intentando aligerar el cambio brusco que le había provocado. Pero él no pudo contra la sincronía perfecta de la silueta y tuvo que despertar en otro espacio, borrando partes y tornando todo el asunto en divague irracional del inconsciente. "Ya habrá tiempo de presentarse formalmente" se dijo la silueta, al verlo escapar de la forma más cobarde, deseando no descartara lo que ahora sería sueño y guardara aunque sea su sonrisa.

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