21/2/13

Sueños ajenos (2)

Quería aventurarse un par de pasos más allá, unos centímetros más. Quería conocer el color del abismo, oler las brisas fantasmas que venían desde lo profundo, sentirse más invencible de lo que ya se sentía, al poder decir haberlo visto. Pero las brisas fantasmas le abrazaron con la calidez que las personas no tenían.

Se acercó despacio, hundiendo las manos en la tierra húmeda, aferrándose a lo conocido con temor a querer soltarlo. Se acercó llenando el pantalón de barro y lodo, sentía los poros de la tela presionados contra las rodillas en el charco fresco que iba empozando las pantorrillas. Las uñas, escarbando inconscientemente los granos, le guiaron hacia el borde. Los olores que las brisas traían no eran de pudredumbre inhóspita como esperaba, ni de la profundidad o el frío.
En cuanto el olor a tierra húmeda y fértil se fue desvaneciendo (ese olor tibio que delata el tono oscuro y la humedad exacta del sitio de donde proviene), le llegaron primero los razgos del otoño, casi dejándole escuchar el crujir de las hojas que olía. Las flores secas, el aire frío que empieza a mezclarse con las lluvias y la luz. Respiró profundo, tratando de absorber lo más posible esa visión perfecta del final del horno. Pero el olor pasó rápido, junto con la brisa que lo arrastraba, dejándole por un momento sin aire que inhalar. Entonces abrió los ojos y tras la instantánea ceguera de los colores que inundaban el vacío creyó empezar a ver formas de lo que había imaginado oler.
Una segunda brisa le brindó un abrazo fraternal, casi amistoso. Esta traía olores dulces de flores y comida. Y como iba distinguiendo los trazos de la brisa, creyó ir viendo en la mancha colorida formas que encajaban con esta. Desde postres tiempo atrás olvidados (o mejor dicho, resignados al olvido), flores, jardines enteros, y entre ellos, una pequeña figura temida.

Cerró los ojos, era obvio lo que el abismo quería. Se dejó caer sobre el lodo y lo sintió inundarle el pelo, la camiseta, colarse tras el cincho y conquistarle por completo. Se dejó inundar y sin abrir los ojos respiró con tranquilidad, imaginando lo que los colores le mostrarían. Era tan fácil: un par de centímetros y para siempre lo que imaginase, lo que quisiese ver o probar. Por un momento dudó de lo temible del abismo, el porqué de tanta advertencia y tanta lucha. Y en su duda, tratando de formar una despedida, miró sobre su hombro con intenciones de un último vistazo al mundo que habían compartido. A partir de los próximos minutos compartiría un mundo nuevo, aunque fuese hecho de recuerdos e ilusiones, sería tibio y vivo. Justamente empezaba el sol a esconderse, con la misma nostalgia de la despedida que intentaba cuando levantó la mano izquierda y se impulsó un poco hacia arriba y hacia adelante. Le acompañó una brisa caliente, de mitad del día en mitad del verano. Esta no era un abrazo, ni evocó imágenes buscadas. Un olor a cloaca estancada se disparó desde sus fosas directo al cerebro y vio los verdaderos fantasmas.

Se incorporó en un sólo movimiento y girando sobre su derecha huyó hacia el ocaso, prometiéndose no comentar nunca los ojos que se le enfrentaron. O el reseco beso que sintió al verlos, y en el reflejo de ellos, su propia imagen. Y mientras corría, dejando a la cobardía cobrar posesión total de su persona, repitió mentalmente la imagen suficientes veces como para recordar dónde y cuándo había sucedido la original.
Al sentir bajo las suelas la firmeza seca del polvo, y no escuchar más el burbujeante vacío de los pasos, se detuvo a tomar aire. Notó que el olor continuaba presente al sentir en la espalda una mano suave que le llamaba.

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