Escribo (si, en primera persona) desde un grupo de teclas nuevas, en medio de un invierno menos frío de lo que quisiese y con la constante sensación de no haberme movido. Y no siento mientras tecleo alegremente, ni las alegrías ni las tristezas que me gusta escupir en este desperdicio de sitio.
Anoche miraba una iglesia en mitad de la noche (de esas que tienen tumbas al frente en las que ya ni se lee lo que alguna vez estuvo escrito) y pensaba en esas tonterías que mi alma pertenece al invierno, y quizás aquí, a esta área geográfica y a este idioma. Pero claro, no conozco muchos otros para desmentirme, ni tengo esperanzas o sueños de ningún tipo que me aten.
Debo ser sincera, este vacío en el que he caído es un tanto liberador: ya sin la intención de ser humana o de encontrarme funcional en el mundo de los vivos, pertenezco (como siempre establecí de manera idealista) al sitio donde me encuentre. Y sin (muchos, por que la familia existe) lazos con otros seres pensantes, mis acciones no tienen peso que agobie a nadie.
Pero claro, odio este estado. Odio el desarraigo, odio el vacío y odio por sobre todo esa falta de (si bien no hubo realmente un ser, la idea de) un ser que crea en mi y me apoye con estas tonterías que tanto me han gustado. Y duele, por sobre todo duele todo este odio y todo este flotar en el espacio. Pero no tengo ya ni las palabras para expresar el cómo o el cuánto.
No sé a qué vine, a teclear alegremente algo tan ajeno. Ni sé por qué insisto en que volverán las ganas, que luego agrego cursivas con detalles...
Me rindo, simplemente me doy por vencida.
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Decime que vendés y te digo cuanto te pago.