4/1/13

No, no tengo carnet de estudiante

Quizás se tratase de admitir que los estados han sido erráticos, pero hace días que venimos diciendo justo eso. Quizás era la necesidad de ver con claridad que todo duele, pero eso es sabido desde que el dolor se deja reconocer. Quizás simplemente se lograba algo con enfrentarse a la soledad y el camino perdido, pero desde que hay conciencia perderse es un afán placentero (principalmente en soledad).

(Como fuere) De golpe me encuentro doblada, intentando dormir junto a extraños que se han sometido a la misma tortura que yo. Sus inquietos movimientos, su incomodidad aparente y el constante ojo sobre las pertenencias. Todos nos condenamos en un azaroso destino común: la espera de la mañana; y el viaje que esta nos trae.
Descubro entre los rostros aburridos uno que resulta familiar, como si en algún momento hubiésemos compartido una situación más amena en un lugar más esperado. Obviamente censuro la sonrisa o cualquier otro gesto amable, esas cosas no van a tono con estos lugares o estos ánimos. Hoy sólo busco soledad.

Y a este inconstante sueño le seguirán chocolates con un ruso cuyo hijo es de mi edad, nerviosismo frente al abrigo que disfraza el morral, nerviosismo al subir y al bajar (y esa confirmación asquerosa sobre lo mucho que me disgusta volar sola) la impaciente espera de la amiga que no viene, las lágrimas suprimidas en el tren, el vistazo a la tan anhelada ciudad entre lentes empañados y la vergüenza cuando el acento que escupo es tan barato y ajeno al lugar donde me encuentro.

Luego le seguirán más cosas (ojalá una revelación verdadera) pero por ahora sólo tengo este miedo a escribir cualquier cosa. Un miedo punzante en la boca del estómago, un miedo-dolor-de-brazos que me agota. Un espeluznante miedo a no morir y seguir en esto (y que no vuelva a salirme nada decente entre golpes al teclado).

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Decime que vendés y te digo cuanto te pago.