Tan divertida que era la noche, cuando terminaba sin afectar al día, cuando después del día se dormía. Ahora las cosas han cambiado, ahora nisiquiera hay noche o día, caminamos a medias.
Quedamos atrapadas en una historia vieja, una que ha perdido la gracia.
Pero desde aquí nos fuimos acomodando: sacamos insectos y agua, tiramos sobre el techo el abrigo y viajamos saludando vecinos antes de estirar las manos sobre el piano y reírnos mucho. Es un lugar raro.
Otra mandarina, otro día muerto de camino a la ciudad. Mañanas enteras no vividas, todas atrapadas atrás de la vitrina.
La aproximación deja de ser el espacio, no podemos cerrar los ojos y seguir calladas. Reímos frenéticas sin entender nada. Se van apagando las luces una a una, como un pueblo desgastado. Otro cruce de direcciones al papel, otro espacio menos para asesinar (ya no sé si es bueno o malo).
-nada, guardé entre almohadas una alarma-.
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Decime que vendés y te digo cuanto te pago.