Es un pequeño murmullo, o así empieza. Un pequeño murmullo que repite y repite todas aquellas cosas que dejaste para salir por esa puerta, para caminar por esas calles y volver, volver habiéndote alimentado únicamente de café y pan. Días enteros sobreviviendo a café.
Pero el pequeño murmullo sube la voz cuando el tiempo se disimula con las sombras, crece, ahora habla. No es una voz, son varias. Cada una relata una historia diferente que dejaste en el olvido, historias que guardaste en un cajón para no tener que verlas. Para no tener que escribirlas.
Te empieza a doler la cabeza, son las voces que no saben guardar silencio. Son las voces; y llevan la tuya como principal. En tus palabras escuchás las quejas, los lamentos, sos tu propio taladro y estás llegando al nervio.
Y claro, cuando logrés entender las palabras que tu voz pronuncia vas a encontrar a tu lengua marcando el ritmo; tus labios, resecos del mundo en el que te hundiste, quebrándose por los sonidos que te persiguen cual fantasmas.
Cuando logrés entender, vas a buscar un escape, algún alma piadosa que pueda levantarte el ánimo, distraerte un rato. Pero ni los fantasmas que encontrés primero, ni los seres que aparezcan después podrán reconocer en tu tono la mentira que escondés.
Felicidades, estás perfectamente bien entrenada.
Y tomá algo para ese horrible dolor de cabeza, ya no lo soportamos.
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Decime que vendés y te digo cuanto te pago.