Habiendo terminado el plato lo sintió: presionado entre la muela y esa cosa de cerámica que le habían insertado. Intentó primero con brusquedad y lengua, pero fue inútil. Intentó succionando suave, succionando fuerte: nada. Ya sin soberbia se paró frente al vidrio y sacando un pedazo largo de la caja blanca, lo sacó limpio. El pequeño triángulo de uña cayó húmedo sobre la porcelana, burlándose de la torpeza y la ironía.
Se miró el dedo gordo de la mano izquierda pensando en todas las veces anteriores que había cortado y parte terminaba en su boca. Era ridículo, haber llegado al punto máximo del canibalismo y sin quererlo. ¿Sin quererlo? Salió apagando la luz por inercia, dejóse caer en la mancha azul, al lado del joven hipnotizado por la pantalla.
¿Seguimos viendo?
Una sonrisa y el dedo índice acariciando el hueco en la uña; dobló las rodillas acercando los pies y la misma izquierda apretó el tobillo. En la pantalla la animación lograba atraer gran parte de su atención, le suspendía (como las pantallas suelen hacerlo) a otro sitio alejado de su cuerpo. Se acomodó apoyando la espalda, soltando el tobillo, y buscó inconsciente los cigarros. En su lugar encontró el vaso de agua que sorbió intentando no pensar en el tibio humo que podría estar liberando. Demasiado tarde, el suave crujir al quemarse el tabaco, su quemar naranja, su pequeña cola blanca bailando delgada, prendida. Empezó por cerrarse un poco la garganta, una sed seca. Luego la ansiedad vibrante en las manos, la lengua moviéndose nerviosa y el tic tembloroso en las manos.
Se levantó hinchándose en rabia, fue hasta la cocina a abrir y cerrar la puerta, aún sabiendo que la ansiedad no se iba tan fácil. Llegó frente a ella y al estirar el brazo el temblor pasó de los dedos a la muñeca, al codo, al hombro y le llenó la cabeza de interferencia. Se le sacudía el mundo como si aún estuviese en el valle de las hamacas. Se dejó caer sobre las rodillas, dejó que su cuerpo temblase, que sacara de alguna forma el frío que le conquistaba.
Fue un deslizar frío, vivo, para que se encontrara frente al chorro de agua cayendo en el vaso que sostenía. Empujó instintivamente el metal bajo la derecha y bebió.
Del piso frente a la refri, a servirse agua sin notarlo, ¿es en serio?
Sobre la pared, dibujadas levemente torcidas, la sombra de las líneas. Dobleces del espacio. Madera delatándose como tal en todas sus formas. Hojas que (al moverse el sol, gracias) dejan pasar la luz para desvanecerse. Y el cambio al apagarlo, el frío que corre al dejar el cuadradito abierto para la cosa. Y no, no tiembla más: cierra la puerta tras de sí al entrar, tira la cosa por la cama y revisa el aparato, dándose cuerda mientras ordena los últimos colores antes de guardar.
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Decime que vendés y te digo cuanto te pago.