15/6/13

Once y Veintidós (o líneas que no dicen nada)

Diez treinta y uno.
Diez cuarenta y nueve.
Diez cincuenta y tres, cincuenta y cinco, cincuenta y seis.
Debería hacer frío -no hace-. Los arañazos de la cosa sobre la mano, el frío de los tobillos, la picazón de la espalda. Diez cincuenta y ocho. La pregunta cuelga, inútil, desesperada. La pregunta pide a gritos, se estira, se abalanza.
Viernes. Viernes, humo y música; esa música que es inevitable, las palabras que se desprenden tras formarse del pelo, las que aparecen escritas en la piel, entre las burbujas de saliva. Las palabras que se escapan cuando miro un libro, cuando contesto el teléfono, cuando pedaleo con furia. Las palabras que quedan entre borrar y borrar la pizarra, entre mordiscos de vitrina, entre cenas con la pantalla. Todas se congregan y buscan inocentes entre cadáveres algo que armen y sirva. Que tenga contexto y estructura. La sueltan ellas, la pregunta.
Once y dos: sigue colgando. Once y tres. En el fondo las voces y sonidos de un rincón de otra realidad, y el constante clic, las ordenes, los comandos; en el fondo el vivo recuerdo del hermano. Once y cuatro.

Finalmente el llamado de la cosa: de cabeza y cerca del sol. Llama patas arriba, en su pico de comodidad, en su ser completo y vivo, su anhelo incomprensible.
Yo la miro y le niego el cariño: no está en mi para regalar nada, le digo. Me mira paciente, me dice que me tenga paciencia, que llegará. Quiero llevarle la contra, pero deseo no mienta, que vuelva el propio, el de ella, el de la amiga, el del resto. Que vuelva cualquier cariño, con que vuelva alguno.

Once y diez, recibo el mail. Once y once, lo abro "enviado". Bien por mi, pero no me sirve.

Llevar el cigarro a la boca, presionarlo entre los labios. Temblar en busca del encendedor, temblar con el encendedor en la mano. Ver la luz, el humo y las brasas: aún nada. Dejo que se oscurezcan los números y me desvanezco a su lado, pensando en el aula y el espacio que falta. Pensando en las cosas que se dejan por otras, en las que nunca importaron (en las que aunque se quiera, no se pueden dejar). Pienso en el propósito de cada movimiento, en cada alarma y cada gajo de mandarina.

Las semillas las escupe despacio adentro de su puño, parada contra la puerta, equilibrándose. La mano izquierda, atenta: cáscara y nervios. La mano izquierda de mesa y todos los ojos que observan. ¿De qué sirve? -insisto. La tira y camina rápido (¿irá por otra? ¿le habrá bastado?) No tiene caso. Once y diecisiete: los chuchitos lo mantienen quieto, con sus brazos abiertos (estirados en dolor dulce que adormece) y sus entrañas alineadas a sus correspondientes recalcos. Me apiado y lo cierro junto al cuaderno. Me falta una mandarina, me digo, dispuesta a volver a darme por vencida.

Apago la pantalla, programo el aparato y me guardo abrigada. Cierro otro día intercalando los números con las semillas (que ya no son semillas) y las palabras (que no dejan de estar colgadas). El latir es suave, sin mucho color o mucha marca. El sabor es tierno, seco y lejano. La noche, fría, pero así adormecida (entre sueños) nuez larga -me sonrío- y me dispongo a mañana terminar resúmenes, lograr algo. De pronto observo un ritmo (avergonzada) y es demasiado tarde para modificarlo, apago el cigarro.

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