18/1/13

Doble Desayuno

Pensaba en lo curioso que es que no nos puteamos en nuestro idioma materno cuando la vi: hundida en su eterno letargo, deshaciéndose el cuerpo físico en la silla roja larga, que se estira junto con el fusionarse del cuerpo. Los ojos, fijos en la esquina de la pared, llegando al techo, se vacían a si mismos constantemente. Se desprenden del cuerpo-silla y flotan, observando la nada. De entre los labios se escapan pequeños murmuros, balbuceos llenos de burbujas y medias palabras.
Ella, ausente, perdida entre películas compartidas, canciones y cenas. Perdida entre conversaciones eternas y rincones dónde la piel formaba figuras; rincones dónde el momento aún no se decongela, dónde no existe nadie más en el mundo.

Empieza la gotera, primero como una insinuación de humedad (un temblor en el aire) y luego va formando su primera gota. La envía en misión secreta a explorar el agobiador silencio, el camino a recorrer. Esta baja primero tímida, luego con energía hasta agotar su furia y caer partida, delatando su existencia. Pero antes de caer ya le sigue la segunda, que recorre exacto el camino descrito, se lanza de principio a fin intentando alcanzarla. Y luego vienen terceras y cuartas, algunas se desvían ligeramente, otras se estancan hasta ser alcanzadas. Incluso un par, a un ligero sentir del viento, crean un camino completamente nuevo y perfectamente paralelo al primero.
Todas recorren sigilosas hasta caer, para asegurarse de empapar todo a su paso y avergonzar hasta el más temible de los secantes. Todas se mofan al pasar, creyendo firmemente en sus verdades y en el clima macabro que las envía. Y son capaces de continuar el espectáculo mientras haya espectador hiriente que consiga perforar más agujeros, triturar lo que ha quedado restante del plástico resguardo y sacarlas a la vista cual bandera vieja.

No puedo quitarle los ojos de encima, me consumen las gotas y el hecho que no regrese de su esquina con la cantidad masiva que se le ha venido a bañarla. No puedo dejar de usarle los ojos y la mente, alimentarme de las imágenes que la invaden y el agujero negro que se ha ido haciendo en el pecho. Parece capaz de consumirnos a todos, pero no temo, ese tipo de agujeros negros no pueden consumir ningún cuerpo físico con rapidez, toman tiempo y mucho odio para acabar con las cosas.
No puedo dejar de medirla a la distancia, calcular qué pudo haberla dejado en ese estado, cuantos ataques habrán sido necesarios, cuantos habrán muerto intentando dañarla...
Ella, soldadito intocable, invencible, inalcanzable. Casi me superan las ansias de conocer la energía capaz de llevarla a su estado nulo, de dejarla al alcance de personas tras los mostradores pidiendo papeles, al alcance de amigas necias e insensatas, al alcance de cualquiera que levante la voz o presione un poco. Casi me superan las ansias de conocer el método utilizado para dejarla tan frágil, tan fugaz. Pero entre más me consumen las ansias, más lógico suena: esto lo ha hecho ella. Nadie sino ella sabría justo dónde se puede penetrar su armadura, nadie sino ella sabría justo cuánta fuerza aplicar para no matar pero dejar en esa flotante inexistencia. Nadie sino ella tendría la habilidad y el conocimiento para quitarle, con un sólo movimiento, todo aquello que le de fuerza y la motive a defenderse...

Y seguirla viendo, hundida en la esquina, ahogada por la gotera, frágil, inmóvil y prácticamente inútil. Seguirla observando mientras se deja caer en su propio tormento y cede a toda brisa, saborear el café y escuchar a la otra afuera, putear en otro idioma.


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Decime que vendés y te digo cuanto te pago.