Es una caída ligera, una especie de espiral suave. Me dejo desvanecer en ella con buen humor, sabiéndome segura y tranquila. Me sé a salvo.
Siento sus manos, sus suspiros y de a momentos también su incomodidad. Soy feliz en ese rincón, cuando caigo suave, cuando vuelo dirección abajo.
Sueño con cielos de colores, sueño con pistas y música dulce, postres abrazables. Sueño con él y con sus abrazos. Y sudo, por que sudo mucho. Sudo abrazada a sus piernas, escuchando la voz de mi madre.
Largo recorrido el de mi madre, largo y lento. Pero llegan hasta mí sus palabras, dice algo que no comprendo (sé que estoy soñando). Frente a mí, un cielo de tonos pastel, colores suaves que se intercambian entre sí, buscan agradarme.
A mis espaldas, mas cielo, celeste y cálido. Él está, pero no físicamente. Siento el viento rodearme, las manos extendidas aferrándose a alguien que no veo.
Casi puedo escucharlo contestarle a mi madre, pero no le contesta.
Dice que deje en paz, que duerma tranquila. Que yo duermo tranquila.
Luego sí le contesta, cordial y amable, su voz no molesta.
Me aferro, uso uñas y pelo y lazos y viento. Uso todo lo que observo, intento aferrarme a esta espiral dulce, a esta paz infinita.
Nada funciona, me despierto.
Ahora si está ahí, lo veo: arriba viéndome con toda la ternura del universo. Me abraza despacio (y me suelta igual) para respirar sin molestarme. Es una sonrisa.
Madre dice que él no me conoce, que no sabe quién soy o como cuidarme. Que no tiene idea.
Sé que madre tiene razón, se la doy y le digo que no importa. Que toda la sabiduría del universo no podría nada contra mi si no hubiera sinceridad de la que veo. No quiero hablar de mas, pero presiento cosas buenas. Adivino el futuro.
Entre risas se proclama hechicero (no cariño, no tenés idea) yo sonrío y lo dejo proclamarse tranquilo. Él me ha traído paz honesta.
Madre dice, yo estoy invadida de la tibieza absoluta.
Quiero seguir cayendo en esta espiral ligera.
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Decime que vendés y te digo cuanto te pago.