No es el mejor humor de las batallas, no están con sus mejores máscaras, no quieren rodearme. Decido, sola y observando la cámara, que su idea latente la voy a recrear, pero sin crear el guión ni las escenas que ellos consideraron diseñar. Pienso con cuidado, cual valdrá dejar por último, los gritos de quien valdría censurar, quien posee la fuerza que me obligará a atacar primero y en sigilo.
Voy considerando las probables armas, los métodos más fáciles y concluyo que serán uno distinto por cada uno de ellos.
Primero, me acerco al espacio, esta blanco y frío, no me agrada, pienso en cortarme las uñas y decido, eso será lo primero; y con estas, una vez caigan al suelo separadas de mi como sujetos ajenos, las utilizaré para de la forma mas venenosa, incrustarlas en la piel del que lleva mi apellido y dejarlo dolorosamente ser el primero. Claro, pero las uñas incluyen mugre y a veces inclusive hay que limarlas luego. La lima de uñas se sucede a segunda posición, como ejemplo de objeto cortopunzante, me aseguro de asignárselo al segundo mas temido del grupo, huésped del resto en el momento que lo pienso. Claro que considero el caos que esta circunstancia podría generar, por lo que decido dejar la lima dentro de la bolsa del pantalón que me cubre, para un encuentro futuro con dicho huésped.
A las niñas, así como al ratoncito que se corona el mas pequeño, y también el que se ha mostrado mas amable, les dejo su oportunidad para un día con mejor clima. Faltan dos, pues uno se ha agregado a ultimo minuto y exige con exclusividad que las circunstancias lo limpien. Dejó las uñas en su sitio y pasando por la cocina con la idea de un cigarro, tomo un tenedor que aun lleva en su punta un pedazo de pizza de la cena que todos compartieron horas atrás. Lo apreto en la mano mientras considero la posibilidad de encontrarme al agregado en el camino a la puerta. Como predicho, me tropiezo con este mientras se quita los zapatos para entrar a la casa, coloco mi mano casi en señal de apoyo sobre su espalda, sintiendo justo el espacio entre las costillas, y con un leve temblor en la mano derecha, coloco el tenedor justo entre mi dedo indice y dedo medio, donde el cartílago no estorba y me permite llegar al pulmón.
Entonces me doy cuenta que he cometido un error, el joven cae tembloroso al suelo y al hacerlo deja su sangre caer sobre los zapatos de todos que descanzan cerca de la entrada y comienza a emitir sonidos de desesperación que alertan a los que no sofocan el pasillo.
Agachándome en busca del tenedor, encuentro las cintas de un zapato viejo, de las cuales tiro y consigo liberarlas del zapato blanco. Enrollo la cinta en la mano izquierda mientras considero que hacer, cuando finalmente aparece el de lentes, preocupado de la puerta de la sala. No lo pienso dos veces y lo paso por su cuello en el intento de juntar mis manos. Esquivo el cuerpo cuando cae al suelo e inmediatamente tomo la lima, al observar tras el vidrio una figura alta acercarse.
A penas ha abierto la puerta cuando intento tener la misma suerte que tuve con el tenedor. Tras dos intentos fallidos, la sorpresa me basta para solo recibir un golpe y lograr mi cometido, atravesando justamente las válvulas de luna. Sacudo mi mano, pues el dolor en la muñeca incrementa mientras la tibieza la cubre; y entro a la sala, justo cuando empieza la película.
Todos debían morir.