Soñó que finalmente se daba por vencida, decidía matarse. Pero no podría hacerlo y dejar a los que quiere con la certeza que se había dado por vencida, tendría que morir a manos ajenas.
Nadar y nadar hasta encontrar las fauces, tentar al animal y lograr que en el sueño le muerda el brazo (que deja heridas, sangre y un tobillo roto, no se cuestiona).
Pero la salvan, se lamenta conforme. Tiene el vago recuerdo de casa, donde habita su padre, y caminar por ella sin siquiera muletas, con una molestia leve en el tobillo derecho. Recuerda en su sueño una persecución constante al padre, pidiéndole la lleve a que le inmovilicen el tobillo "ya que no te importó cuando me quebré la muñeca, este lo necesito para caminar" y la respuesta de que no era realmente necesario.
La señora se paseaba con la escoba en la mano y el mismo problema en el tobillo contrario (casi un reflejo, pensó). Y encontrar tras el último intento, a media sala, una cebra pequeña (tierna) toda negra con suaves líneas blancas rectas. Cuánto cariño, la empujó suavemente con la cabeza hasta tirarla al suelo, acostarse encima y jugar un rato. Una cebra cariñosa.
Jugaba con la cebra cuando apareció él, quien sea que fuera. Era alto, de cabellos claros y ojos dulces. Sonriéndole acarició la cebra; preguntó cómo la alcanzó la bestia de agua (parecía claro que conocía las intenciones originales).
Constante en toda la casa y durante todo el sueño, la humedad de ahora, con las nubes de ahora.
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Decime que vendés y te digo cuanto te pago.