22/10/11

Amanecer con ceguera

Despertar y no saber muy bien el año al que has llegado, dudar incluso de tu piel, del dolor en el ojo, de los pies irritados por el calor. Despertar e intentar ubicarse, dudar de todo menos de tu compañía. Creer que es un buen sitio para despertar: tu propia cama.

Preguntarte qué pasa, mientras buscás desesperadamente lágrimas falsas que te ayuden en tu sufrimiento. Ver el mundo por un solo ojo y escuchar una voz que ruega dos minutos mas de sueño, que pide no se le despierte. Perdón.

No son muchos los sábados que despertás minutos antes que el objeto metálico gire en redondo para traerte a la vida. Ni son muchos los sábados que esto te pasa por haberte quedado ciega de un ojo mientras viajabas por el tiempo. No está bueno viajar por el tiempo entre sueños, es difícil reubicarse en tu propio espacio.

(Te tengo un abrazo, aquí guardado junto al resto. Sos un peligro y me encanta, se me escapan las sonrisas de admitir lo bello de esta vida cuando es tu culpa.)

Pero finalmente haber encontrado las lágrimas falsas, haber llorado por el ojo ciego. Llorar hasta que te regrese la vista, llorar hasta que musgo verde brote desde tus entrañas, llorar mocos.
Y que el regreso de un duende al mundo de los vivos nos traiga buen humor, que te rasquen un poco la espalda.
No tiene punto de partida este momento, no vamos muy lejos.

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Decime que vendés y te digo cuanto te pago.